refugios analógicos

Puedo apagar la webcam, desconectar  todas las baterías, incluso bajar el interruptor del diferencial, pero irremediablemente sigo estando en un plató, que me traslada a un mundo de ficción, donde solo soy una proyección, donde solo puedo crecer desde el anhelo.

Me apetece pensar en esos lugares donde nunca entró la cámara, donde nada está para ser visto, donde todo está porque tiene que estar.  Recorro mis recuerdos buscando uno. Y encuentro la habitación para la lavadora de la casa de mis padres. Hay varias estanterías sobre las que descansan productos químicos: perborato, azulete, lejía, quitamanchas, piedra pómez, jabón de lagarto, suavizante.  Del techo cuelgan dos cintas donde tender cuando llueve, y de la pared dos pequeñas jaulas con dos jilgueros que van llenando el suelo de alpiste, que se va mezclando con los líquidos pringosos que a veces salen del filtro de la lavadora.  Allí, al fondo, tras las sábanas colgadas, varios tambores de detergente, quizá comprados a un intermediario que ha intentado vender algo más de lo habitual.  Sobre uno de ellos un cojín viejo, descolorido.  Al lado una botella de suavizante.  Al tocarla la botella cae al suelo. La vuelvo a poner de pie y noto que está casi vacía.  La abro y lo que encuentro es una amalgama de colillas desechas en el líquido que queda en el fondo de la botella.

Sin duda un lugar secreto donde una mujer puede esconder y esconde los vicios que no desea descubrir.  Un lugar donde sentarse tranquilamente cuando todos están fuera. Un sitio donde estar en silencio, donde lamerse las heridas, olvidarlo todo. Es el sitio donde tomar aire, asumir lo que le pasa, desconectar. Un refugio secreto donde nadie busca nada porque no hay nada que le pertenezca aunque todo lo que hay allí es de todos por igual: los calzoncillos, los manteles, las toallas, las propias sábanas colgadas.

Sí, esto es un cuarto propio, absolutamente privado en el que una puede ser completamente ella misma, y todo lo que eso conlleva. Es un lugar completamente feminizado, y sin embargo lleno de peligros, de cosas que te puedes clavar, de líquidos con los que te puedes intoxicar. Nadie entrará allí salvo por error. Y saberlo proporciona una comodidad casi infinita. Es un lugar seguro. Un refugio.