Aquella noche hacía demasiado frío como para estar fuera de la cama, eran las 11 de la noche y creo que estaba lloviendo. Mientras estaba repasando de nuevo el falso techo de mi habitación, iluminado por la luz de la calle, en busca de alguna nueva grieta diminuta, el teléfono comenzó a sonar.
Dejé que sonara durante unos segundo, por si dejaba de hacerlo, pero no lo hizo.
No sé, podría ser algún mensaje urgente de mi madre, o de mi abuela, o de yo que sé quién.
—¿Diga?
—¿Ignatus?
—¡John! ¿Qué tal? ¿Desde dónde me llamas?
—He llegado a la ciudad hará cosa de tres horas, acabo de dejar a mi reciente esposa en el hotel de la playa del Caribe y he cogido el primer vuelo. Dios mío, ¡que tía más loca!
De repente escuché como el taxista le rogaba a John que repitiera la dirección a la que se dirigía.
—Te espero en la cafetería que está debajo de tu apartamento en veinte minutos. ¡Hasta luego!
La verdad es que si no fuera porque hacía más de un año y medio que no veía a John, le hubiera dicho algo así como que tenía cosas que hacer en casa, o que estaba enfermo, o, directamente, que se fuera a la mierda. Aunque debo reconocer que me moría de ganas por escuchar la aventura de su luna de miel en el caribe.
Me costó un poco poner los pies de nuevo sobre el suelo. Sondeé el territorio en busca de mis zapatillas y me levanté.
No había nadie por la calle. Entré en la cafetería. Una chica joven estaba sentada en la última mesa, abstraída en el mundo virtual que le proporcionaba su móvil, respondiendo, seguramente, a algún querido suyo. Pedí un chocolate caliente y me senté al lado de la ventana, esperando a que apareciera de un momento a otro el taxi de John.
Después de haberme acabado el chocolate caliente y una infusión de rooibos avainillado, apareció John, empapado y con aquella sonrisa tan peculiar que hacía de John una persona extraordinaria.
Empezamos hablando de cómo había llegado a la conclusión de que su novia estaba loca. Luego me enseñó en el móvil algunas fotos de las playas en las que había estado, y la impresionante habitación del hotel. Dios mío, aún había gente que sabía lo que era la Dolce Vita.
—Ignatus –me dijo después de soplar el humeante café– he conocido a un tío loco que está buscando un arquitecto.
—¿!En serio¡? Y yo que pensaba que los arquitectos se habían extinguido hace ya una eternidad. ¡Qué bueno es Dios!
—Ignatus, déjate de decir gilipolleces. Lo digo en serio, tío. Era un empresario europeo que buscaba a un arquitecto innovador. Un tío loco, vamos. La cuestión es que le empecé a hablar de ti y luego le enseñé algunas cosas que habías hecho, le conté un poco de tu historia y me dijo que le gustaría contactar contigo.
—Lo dices en broma ¿no?
—¡Qué no tío! Le di tu correo, así que con un poco de suerte pronto te llegará un correo.
Hacía años que abandoné la profesión, de hecho creo que nunca me lo tomé demasiado en serio. En mi juventud lo había dejado todo (o casi todo) por el gran sueño de hacer cosas impresionantes. Al final, después de varios meses sin dormir y harto de hacer cosas sin sentido con tal de satisfacer a los clientes, cogí las maletas y me largué. Es cierto que es imposible avanzar con algo que ya no amamos. Te distancias tanto de la realidad que al final olvidas que el más listo, el genio, el “innovador” es quien logra despertarse por la mañana y es capaz de encontrar un sentido a la vida.
Archivo del Autor: Another House
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