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Escrito 1

Respira y saluda al mundo. Hoy toca decidir “que quieres ser de mayor”.

Llevo mucho tiempo buscando las palabras adecuadas con las que definir el motivo por el que aquel día decidí que sería feliz, y que en ese proceso, había un hueco para esta carrera. Pero creo que me he perdido.Y la necesidad sigue, como la vida. Hablamos del tiempo. Hablamos de cosas sin importancia. Pero ya no sabemos hablar de la espera, ni de la desesperación, ni de que ojalá pronto encuentres el motivo exacto por el cual estás aquí, porque te encanta tanto lo que haces, cuando no sabes si llegarás a recibir algo a cambio. Y mientras escribo, sintiéndome un reportero de guerra que narra la catástrofe de tantas personas que aquel día dijeron “quiero ser arquitecto”. Y las sonrisas que fueron víctimas, y la ilusión que fue cómplice, evitando que los “Arquitecto…últimamente no hay nada de trabajo” destrozara tu ilusión por salir en aquella lista de admitidos. Porque cuando se lleva tanto tiempo buscando, uno tiende a olvidarse de que encontrar es tan fácil como detenerse a escuchar a alguien que se calla cómo se siente. Pero lo he olvidado, como también he olvidado hacer las cosas bien o no subirme al tren equivocado. Lo he olvidado porque he vivido como aquel a quien sentarse de frente al día a día le duele, como aquel que se niega a lo preestablecido. Como aquel para el que el mundo no solo tiene una única acepción, y sabiendo que hay infinitos caminos para llegar, aun a sabiendas de no saber dónde te quieres bajar. Y ya sólo sé que al pasar página entiendes que lo difícil no es seguir, sino hacerlo sin tener la sensación de que la historia ya no es emocionante. Porque puedes abandonarte a ti mismo, antes de que lo haga la esperanza. Y caminar sin rumbo. Cerrar los ojos. Combatir el frío abrigándote con un montón de sueños. Y al despertar cada mañana darte cuenta de que lo único que ha cambiado es que sigues tocando fondo, pero que te queda menos oxígeno para poder llegar a la superficie. Y siempre vives así, al límite de un precipicio, al que es imposible asomarse sin tener la sensación de que quizá estás luchando por una causa que se perdió hace mucho. Pero no puedes dejar de luchar. No, no puedes, porque recuerdas esas veces en las que  esto te hizo sonreír como a un gilipollas, enamorarte de lo que hacías o estabas viviendo. Esas veces en las que te sentías el centro del universo cuando encontrabas a alguien que le importaba lo mismo que a ti. Y entonces cierras los puños. Aprietas los dientes. Y sigues aguantando la respiración.