En la ciudad de Valencia existe un antiguo barrio marinero, el cual es llamado Cabañal Cañamelar. En este barrio, asistiremos una vez más a la eterna confrontación: entre la conservación del patrimonio o el “desarrollo especulativo” de una ciudad.
Este barrio sufre una amenaza constante desde el 1998, cuando el gobierno local (gobierno famoso por sus derroches y su falta de ética y dignidad) aprobó un anteproyecto de Prolongación de la Avenida Blanco Ibáñez hasta el mar.
Este proyecto de prolongación de la avenida supondría la destrucción de 1651 viviendas, y la separación del barrio en dos.
Como respuesta a la presión del ayuntamiento, y el forzado deterioro del barrio (ya que este es un Bien de Interés Cultural) la comunidad de vecinos ha emprendido, aparte de una batalla legal, una serie de acciones, pequeñas, con las cuales se pretende mejorar el barrio.
Esta es la historia de Mónica, una chica sencilla, que adora su barrio, sus calles, sus parques, etc. Ella siempre ha vivido en el Cabañal, y para ella la gente del barrio son como su familia. Un barrio pequeño, de casas unifamiliares mayormente en el cual la gente se conoce, y te saludan al pasear.
Mónica no asumía la mutilación que le querían hacer a su hogar, y como las calles en las que ella jugaba de pequeña, estaban hechas un horror, ya que las aceras estaban rotas, la calzada en mal estado, algunas fachadas deterioradas, y el ayuntamiento no hacía nada. Por eso, un domingo, entre churro y churro, tuvo una revelación. Salió a la calle con un bote de pintura y un rodillo que tenía por el trastero, y empezó a pintar la casa abandonada de delante de su casa. Algún que otro vecino y amigo al pasar por ahí paseando, la vieron y se unieron. No era la fachada más bonita del mundo, ni la mejor pintada, pero estaba pintada con amor.
Al domingo siguiente, Mónica quedó con la gente que la había ayudado y esta vez pintaron su fachada. Esta vez más gente acudió (el boca a boca es un medio muy poderoso), vinieron conocidos, gente con niños, algún anciano, y entre todos dejaron su fachada como un mural con historias del barrio.
Domingo tras domingo, fueron quedando vecinos, y ya no solo se dedicaban a pintar casas estropeadas. Ahora entre los vecinos, había alguno que era electricista, albañil o carpintero, y entre todos empezaron a arreglar las calles que el ayuntamiento estaba dejando morir. Un día reparaban alguna acera, otro algunas farolas. A veces hacían algunos bancos con palets.
Y poco a poco revitalizaron el barrio. El ayuntamiento ya no podía alegar un abandono de este, y gracias en parte también, a la movilización de otra parte de vecinos, consiguieron frenar temporalmente el proyecto de prolongación. Porque un barrio está formado por las personas que viven en él, no por edificios y calles.
Personalmente me adhiero a este mito, ya que nos ayuda a comprender, que vivimos en una comunidad, donde la colaboración entre nosotros es importante. Donde sí nos unimos con pequeñas acciones podemos hacer grandes cambios.
Cristian Francés García.

