Presumiendo de sus escaparates de revista y sus precios desorbitados, Fuencarral es un camino perfecto para un paseo ajetreado entre comercios, gente y arte callejero, todos vistosos, eso sí. Un paseo ajetreado, pero no por el tránsito de vehículos, pues desde 2008, no es un flujo que tener en cuenta, ni tampoco la contaminación que producían.
La presencia del arbolado toma cierto protagonismo en un camino de dimensiones tan estrechas, proporcionando una grata sombra y ese zumbido de sus hojas bailando con el aire. El zumbido se entremezcla con el fragor de las palabras y de los pasos de la gente.
Desde nuestra casa, y cruzando Fuencarral, nos topamos con Pérez Galdós. Un pasillito en comparación con Fuencarral, también adoquinado y vetado a los coches, que asoma por nuestra ventana.
Una calle llena de ambiente, que ya en su apertura , dan la bienvenida los balcones más floridos del barrio de Malasaña, más allá de las sillas en las terrazas de los muchos bares que llenan esta calle, que continuamente se oyen arrastrar.
Desde sol a mediodía, hasta desaparecer, Pérez Galdós es una parada patente y previa de fonda en días de compras, y sobre todo de destino para salidas nocturnas, pudiendo producirse apenas insignificantes cambios de intensidades. Uno de esos rincones bucólicos escondidos en el centro de Madrid.
Esta calle, en su pasado, recibió muchos ilustres. Un flujo frecuente era ver a Pérez Galdós transcurriendo por aquí. Él tuvo mucha relación con el barrio de Malasaña. Además, también aquí, ambientó alguna de sus novelas, siendo su lugar de trabajo. Igualmente, fue puerto de llegada para pintores andaluces y matemáticos en las moradas y pensiones de esta calle.
Malasaña, asediado por la movida madrileña, presenció una época de años creativos, de la cuál muchos de los que fueron sus creadores aún continúan en auge. La movida, resulta una etapa de mucho peso cultural en la historia de España, que es inevitable que su recuerdo esté tan vivo, y que en sus calles aún se presencie.
Una calle pequeña, sin alardes ni monumentos, que María contempla desde su casa, además de toda la transformación que sufre la sociedad en el día a día, nuevas tribus urbanas y todos los movimientos culturales que aquí suceden. Un hervidero de modas, un lugar de tapas, patios secretos que nos regalan la sensación de encontrarnos alejados de la ciudad, lugares acogedores que pasan desapercibidos, presencias discretas en un Madrid laberíntico.
Nuria Martínez Martínez










