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La arquitectura y sus propios medios. Los “transductores”

Ahora, cuando vemos que las profesiones pueden entenderse de formas muy diferentes. Y que cada profesional trabajará de forma bien distinta según la entienda, la tradición reflexiva de la arquitectura puede servir no para debatir qué debería ser o no ser el arquitecto como profesional abstracto (más cuando hemos superado el deber/ser de la modernidad) sino para ayudarnos en la búsqueda del oficio del Cualquiera.

En el anterior post explicaba cómo, en la arquitectura, e imagino que en cualquier profesión, la dicotomía entre teoría y práctica jugaba en contra de la posibilidad de encontrar una “teoría de la práctica”, una heurística, para nuestro oficio. Y terminaba apuntando una idea interesante de Gardner: entendernos como emprendedores podría romper esta dicotomía.

(Disclaimer: seamos o no “emprendedores” todos trabajamos por encargos que llevamos inevitablemente a nuestro propio terreno).

Las ofertas y encargos definen el oficio

La hipótesis, por tanto, es que ese oficio del Cualquiera sólo puede definirse en el encargo. Y un poco antes incluso, en las ofertas que hacemos para conseguir encargos. Ofertas y argumentos de venta, son lo que nos hacen conseguir encargos y cada uno simpre lo hará diferente, siempre, se llame Juan, Paquita o Agustín.

Sería divertido imaginar una historia centrada en ciertos personajes que, con sus ofertas y los encargos que consiguieron, cambiaron el rol social de la figura del arquitecto. Veríamos que la reflexión y la abstracción son herramientas del arquitecto tanto como lo han sido en distintos momentos de la historia la geometría, el dibujo, la publicidad, la maqueta, etc. Y que esas herramientas se derivan de los encargos que recibían o inventaban. Y, además, seríamos por fin conscientes de todo lo que está implicito en hacer una oferta. Pues una oferta explica la forma de trabajar, los medios que se usarán, tiempos, economía,…

Donald A. Schön lo describe bien en su libro The reflective practitioner:

From the perspective of Technical Rationality, professional practice is a process of problem solving. Problems of choice or decision are solved through the selection, from available means, of the one best suited to establish ends. But with this emphasis on problem solving, we ignore problem setting, the process by which we define the decision to be made, the ends to be achieved, the means which may be chosen. In real world practice, problems do not present themselves to the practitioner as givens. They must be constructed from the materials of problem situations which are puzzling, troubling, and uncertain.
Alberti nos decía que la arquitectura es, ante todo, diseño. Aunque esté informado por el conocimiento de la tradición constructiva entre otras… Por tanto, vamos a ver qué es el diseño para ver qué ofertas podemos hacer para conseguir encargos.

El diseño más allá de la idea

Hands_free_lollipopTim Ingold puede sernos de gran ayuda. Según él, un objeto diseñado es un objeto que presenta a la vez el problema que pretende resolver y su solución. En su artículo The sighted watchmaker nos explica cómo una simple cuchara es la solución al problema de llevarnos la comida líquida a la boca desde la mesa, pero también, en sí misma, establece este problema. La cuchara es la que determina esta necesidad, pues también podríamos tomar el líquido directamente del cuenco en que está, o de la olla y evitar el cuenco también…

Eso es precisamente lo que hacemos al hacer una oferta. Le presentamos al potencial cliente su problema y le resumimos cómo vamos a solucionarlo. El trabajo de Martí Guixé es paradigmático en este sentido. No necesitábamos apoyar nuestro chupa-chups hasta que él le puso tres palos para que se mantuviera en pie. No en vano, dice trabajar básicamente con ideas y se relaciona con la corriente de “diseño crítico” que podría equivaler a la arquitectura crítica que comentábamos en el anterior post. Guixé es coherente, sin embargo, pues su estudio produce “ideas y conceptos para propósitos comerciales”, lo expresa claramente. Pero el trabajo es el mismo: buscar problemas (o crearlos) y las correspondientes ideas para solucionarlos, sin que su realización tenga mayor importancia, más allá de la demostración efectiva de lo ingenioso de la solución.

Éste no el campo de acción normal de los arquitectos, pues sus diseños normalmente han de ser usables y tener cierta durabilidad. La experiencia de una gotera en casa, con su correspondiente cubo para recoger el agua, nos quita en seguida la idea de que alguien quiera vivir en una idea cuya realización no importa.

Sin embargo, hay una razón más para que busquemos un diseño que valla más allá de las ideas. Como veíamos con la teoría crítica, trabajar con ideas nos coloca frente a el mundo, no dentro de él. Si estamos fuera no podemos modificarlo, sólo posicionarnos en él.

El diseño más allá del contexto

plano-de-situacic3b3nTambién explica Ingold otra visión del diseño que sí tiene en cuenta el mundo: la “darwinista”. Al igual que algunos científicos entienden que el “diseño” de un murciélago puede deducirse analizando el contexto que lo ha hecho evolucionar, así podemos pensar que el diseño de una casa puede derivar de su contexto. Científicamente, digamos. La arquitectura vernácula es un buen ejemplo. Muchas veces se nos da a entender que es el resultado de unas circunstancias materiales, tecnológicas, culturales, etc. Esta idea “borraría completamente toda la contribución creativa de los artesanos tradicionales a las formas que construyen. Serían reducidos a meros intermediarios, destinados a implementar diseños que ltransportan, sin saberlo, en sus cabezas”.

De esa forma se “elimina la agencia creativa del constructor humano”. Ya con arquitectos de por medio, la Casa Ugalde de Coderch es un ejemplo de este paradigma, al menos la forma en que su croquis de situación de los árboles y las vistas se ha explicado como el “generador” de las formas del proyecto. En el extremo, omo si Coderch no hubiera añadido nada a las condiciones de contexto.

Ya veíamos que, en los trabajos que vienen, importa precisamente la creatividad y el talento. Las cosas que las máquinas no puedan hacer, y si de algo saben las máquinas es de tomar datos y analizarlos.

Cómo se hace una oferta

Bien, si nuestra idea del diseño no es desarrollar ideas ingeniosas y tampoco es responder a las demandas del contexto, ¿qué es?. O más útil, ¿cómo vamos a plantear nuestras ofertas de diseño a nuestros clientes?

Seguimos con Ingold. En su precioso artículo Bodies on the Run, propone una idea interesante que quizá nos saque de este lío: los transductores.

Ser transductores es lo que tienen en común una cometa, el pasador del lazo de un vaquero, un violonchello y el torno de un alfarero. Los cuatro objetos sirven para “convertir el ductus – la cualidad cinética de un gesto, su flujo o movimiento – de un registro, la cinestesia corporal, a otro, un flujo material.”

En próximos posts veremos más sobre el pensar haciendo y cómo las repeticiones de los gestos sentidos habilidosos son toda una operación reflexiva. Cada uno de ellos, según Ingold. Por ahora, quizá sea suficiente quedarse con la idea de que para fijar en una oferta el alcance de nuestros diseños tenemos que encontrar cuáles son las transducciones que queremos hacer: en qué flujos de materiales queremos incorporarlos para que, con sus formas y funcionalidades, los modifican de qué manera y traduciendo qué gestos.

Esta idea sería aplicable no sólo a a la definición de los problemas a resolver en el diseño. Sino también a las propias tareas y herramientas para diseñar: dibujos, maquetas, entrevistas,…

21Creo que es una bonita manera de pensar nuestras ofertas. E incluso los encargos que nos hacen aunque tengamos un trabajo por cuenta ajena.

Pensar en nuestros “objetos” de diseño, o trabajo en general, como la oportunidad de involucrarnos en entornos dinámicos en los que nuestro propio dinamismo importa y puede marcar la diferencia. Trabajar sobre esos “objetos” una y otra vez, viendo cómo influyen y reaccionan en esos entornos dinámicos y en nosotros mismos. Comprender esos entornos mientras trabajamos, comprendernos a nosotros mismos. Crecer dentro de ellos y hacerlos crecer.

Volviendo a las historias de Juan, Paquita y Agustín, ésto último es lo que hace su historia más inspiradora: su trabajo le hace crecer a él y al entorno en el que se desarrolla. Ésos son los trabajos que podríamos incluir en un curriculum que nos cuente mejor.

Hacia una teoría de la práctica, y al revés.

Edwin Gardner nos resume rápidamente en su texto Architecture left to its own devices la evolución de la relación entre teoría y práctica en la arquitectura:

Hubo un tiempo en que la práctica estaba guiada por la idea de legitimidad, como lo opuesto al pragmatismo, y actuaba según una verdad moral y no según las contradicciones de la realidad. La legitimidad de la arquitectura se representaba a través de rituales en los que las reglas sagradas de un arte antiguo se transmitían de maestro a aprendiz. La verdad profesional estaba deteminada por los gremios y después, por elaborados catálogos que contenían precedentes y reglas de estilo que funcionaban como las sagradas escirturas de la arquitectura. entonces llegó el manifiesto; la arquitectura pasó de ser legitimada por las tradiciones del arte, a ser legitimadad por nuevas ideologías. En el último siglo, estas ideologías pasaron del manifiesto de 5 puntos a la importación de -ismos como el deconstructivismo, estructuralismo y racionalismo. Estos -ismos evolucionaron desde los dominios de la filosofía post-moderna a los ideales que legitimaron la práctica y la forma arquitectónica. Los arquitectos de papel juntaron la teoría y la práctica y las metieron en galerías de arte y salas de conferencias, pero esta convergencia terminó cuando el mercado arrancó de nuevo y la construcción volvió a empezar. Entonces, la teoría se quedó en la academia mientras la práctica salía tras el dinero.

Lo que más me llama la atención es la necesidad de legitimación universal que da a entender este fragmento y que representa cómo la mayoría de arquitectos entiende su trabajo. Gardner aboga en cambio por “una teoría de la práctica” que nos permita saber “qué hacer” en nuestro trabajo diario. Una heurística (1 y 2). Que es también lo que nosotros buscamos, pero su texto no deja de lado la idea del universal.

Pero, ¿por qué la arquitectura se adhiere tan fuertemente a lo universal?

Creo que es interesante pararse un momento en la idea del universal. Podríamos rastrear sus orígenes en los orígenes de todo universal práctico: la primera mitad del S.XX que, no por casualidad, es la época en que el mundo se vuelve global. La época de las guerras, por primera vez, llamadas mundiales, la época de los derechos humanos,…

Esos años son precisamente cuando finalmente se abandonan los gremios que organizaban los artes y aparecen las profesiones. Entre ellas la de arquitecto.

alberti1hÉsta aparece, propiamente definida, en el Renacimiento y tiene, según Tim Ingold en su texto On building a house, un momento clave en el tratado de Alberti De re ædificatoria para la arquitectura moderna. En él, Alberti hace un gran esfuerzo por que se entienda que el arquitecto no es un carpintero ni un cantero. Hasta entonces se había usado la palabra arquitecto para designar al máximo responsable de una obra, de ahí la palabra: “ἀρχιτέκτων (arqui – tectón) (primero – obra), que significa literalmente el primero de la obra“.

En la época de Alberti, algunas obras tenían directores y otras no. Por ejemplo, una pequeña casa de un campesino o una silla no la tenían. Pero un palacio, una fortificación, un gran puente o una catedral, sí lo tenían. En ellas, el arquitecto era quien se encargaba de que todo saliera según lo previsto. Por eso, según los materiales que se usaran, el arquitecto sería un gran maestro cantero o carpintero que usaba dibujos para dar órdenes en la obra y pensar sus formas.

A partir del renacimiento, gracias a la mayor abundancia económica, el trabajo se divide y especializa. Todo el tratado de Alberti puede leerse como un intento de que el arquitecto deje de verse como un artesano manual y pase a entenderse como un hombre ilustrado. Un hombre de “intelecto e imaginación cultivados” que es capaz de “proyectar formas completas en su mente con ningún recurso material”. Aquí es donde el arquitecto se convierte en un diseñador (pues sus herramientas preferidas son el dibujo (disegno), la geometría, cálculo,…).

En este contexto, y a partir de entonces, el propio arquitecto se va especializando según sus distintos objetos de diseño y sus herramientas. Así aparecen ingenieros que con el cálculo diseñan puentes, diseñadores que dibujan y prototipa muebles y objetos, ingenieros industriales que organizan procesos,… y, por fin, el propio arquitecto que dibuja edificios.

Pero, después de este rodeo, aún no sabemos porqué los arquitectos son tan dados al universal. Por qué siguen necesitando teorías legitimadoras para su trabajo y no se conforman con que la gente quiera pagar por sus diseños, como cualquier diseñador de mobiliario, por ejemplo. Mi argumento es que se debe a dos razones principales derivadas de esa historia que hemos intentado trazar:

  1. Cuando se hizo “el reparto final” de los objetos de diseño el arquitecto se quedó con los edificios. En ese momento, los edificios a construir eran principalmente viviendas. Después de la destrucción de las grandes guerras había una gran escasez de vivienda que, además, se estaba definiendo como un derecho universal y cuyos proyectos masivos redefinirían desde las grandes ciudades europeas hasta cada pequeño pueblo. Hubo “ensanche” para todas las escalas. El objeto de diseño del arquitecto es el que más está definido por los estados, grandes franquicias de la universalización, cada uno dentro de sus fronteras. De hecho, donde más “teoría universal arquitectónica” se produce en esa época es en Europa. EEUU, por ejemplo, tiene una historia de la vivienda bien diferente y sus arquitectos no son tan tradicionalmente universales a pesar de lo mucho que han heredado de la tradición europea.
  2. Por otro lado, la arquitectura se queda con el término original, son los otros los que se especializan y toman otros nombres. Así que también se queda con la historia que va pegada a ella y con toda su tradición reflexiva. Esto es un handicap porque mientras los otros inventan nuevas profesiones, cambian el objeto de sus ofertas y encargos y reciben nuevas atribuciones legales y en el mercado, el arquitecto se queda reflexionando: ¿quién debería ser yo?.

La teoría como herramienta y no como marco

El rodeo que hacíamos antes también nos ha servido para otra cosa: descubrir el momento en que pasamos a entender el trabajo del diseñador como un trabajo principalmente mental.

Algo que juega en contra de la búsqueda de la heurística del oficio. Pues esta idea del diseño puede paralizarnos. Según ella: pensar, diseñar, serían cosas que uno hace en su mente, parado, mientras que la realización supone un movimiento.

Pavelló_alemany_(Barcelona)_-_29En la década pasada, sobre todo en EEUU, de nuevo según un artículo de Edwin Gardner de 2006, Revising Practice,  se generó un debate interesante en torno a la relación entre práctica y teoría. En los años en que los -ismos se adaptaron a la arquitectura, la teoría de arquitectura se entendió como un ejercicio de crítica que generaba un corpus teórico dentro del que la práctica de la arquitectura podía enmarcarse o representar. De esta forma, la teoría se separaba de la realidad, pues no operaba en ella. Y la práctica se convertía en una metáfora construida de esa teoría. El ejemplo que se debate es la obra de Mies Van der Rohe que se entiende dentro de una ideología crítica.

En ese paradigma, el arquitecto utiliza la teoría como una forma de análisis crítico de la realidad que, como ideología, enmarca y da contexto a sus obras que sí están en la realidad y se diseñan con herramientas arquitectónicas. Para ello el arquitecto debe manejar las herramientas propias de su oficio y/o, si se dedica a la crítica, también las herramientas de la sociología, filosofía, etc. Eso sino quiere ser un pseudo-todo…

Para los detractores de esta teoría crítica: “Este estatus de estar en el mundo pero resistiéndolo se consigue con la manera en que el objeto arquitectónico refleja materialmente su contexto espacial y temporal, así como en la manera en que sirve de traza de sus sistemas productivos.”

Esta no es la teoría que buscamos. Todo lo contrario, queremos una que nos permita pensar haciendo y hacer pensando. No buscamos explicaciones. Buscamos una teoría-práctica, no un marco que explique nuestros proyectos.

¿Hacia dónde vamos?

En ambos artículos referenciados, Gardner no consigue encontrar una solución para la teoría-práctica. Creo que se debe a que su discurso da demasiada importancia a la posición crítica del arquitecto ante el capitalismo, lo que le hace mantener la postura algo naïve de que cada uno de nuestras obras debe manifestar algo. Una posición más relajada a este respecto le llevaría tranquilamente a una solución, pues él mismo apunta una idea interesante: el arquitecto es también un emprendedor.

Para el que sólo queda, por fin y ante todo, la definición de sus herramientas y su campo de acción. Y ver en qué sentido la teoría es una de estas herramientas para que informa y nace de su trabajo. Ahí la tradición reflexiva que hereda la arquitectura se convierte en una oportunidad.