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El arte de rastrear, contextualizar (e incluso generar) debates

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Qué tenemos hasta ahora

En esta serie estamos definiendo y explorando herramientas de trabajo que nos ayuden en la tarea de definir nuestro oficio y, por supuesto, ejercerlo. Con el foco puesto en los oficios relacionados con la construcción del entorno.

Cuando aún la serie ni siquiera pensaba que iba a existir, siguiendo el trabajo de Agamben, cuestionaba el mismo el oficio como paradigma de la operatividad. Pero veíamos que lo que está en crisis no es el oficio entendido como “aquello que hace que un individuo se comporte de modo consecuente (… lo) que hace gobernable la vida” sino que este conjunto de hábitos, métodos y teorías que nos permiten saber ¿qué hacer? se nos dicten desde fuera, sea en forma de normas, atribuciones o cualquier otra imposición, por muy conscientes que sea su aceptación. Entonces, terminaba el artículo hablando de la responsabilidad que supone esta libertad de buscar nuestro modo de ser consecuente.

Y a partir de ése los posts han intentado dar algunas propuestas de cómo esto podría hacerse en este mundo sin heurística. Explorando herramientas para instituir-nos el oficio.

Uso esta palabra porque creo que claramente esta es una tarea en la que buscamos institucionalizar nuestro trabajo. Pues qué es una institución sino un conjunto de hábitos, rituales, historias, normas, procedures, etc que se usan para que no tengamos que discutir cada vez que vamos a hacer algo sobre cómo es mejor hacerlo.

Hasta ahora, he hablado de el qué del oficio, intuyendo que, ante tanta indefinición, sea el mercado quien lo defina y por ello la redacción de una oferta me parecía una herramienta de pensamiento y decisión del objeto y medios de nuestro oficio muy potente, que por ser casi una previa a un contrato tiene un poder instituyente claro entre dos de las partes de cualquier oficio: el que hace el trabajo y el que quiere los frutos de ese trabajo, un cliente. Esta distinción parece poco clara ahora mismo, por ello al preguntarnos por el cliente y cómo nos relacionamos con él surgió el mito como herramienta para emocionar con las visiones del mundo que nuestro oficio traería a quien se acerque a él, sea colega, cliente o financiador. Instituyendo, también, nuestras relaciones.

También he empezado a pensar en el cómo del oficio, con el taskscape, y seguiremos en próximos posts explorando nuevas herramientas.

Instituir un oficio dinámico

Antes de hacerlo, creo que debo parar un momento en esta idea de que estamos “instituyendo” algo y aclarar que instituir no significa que querramos cristalizar nuevos oficios estables, sería imposible. Al contrario, y en realidad como toda institución, nuestro oficio tendrá un carácter dinámico o inestable. Ya intuía esto cuando hablaba de los “transductores

como la oportunidad de involucrarnos en entornos dinámicos en los que nuestro propio dinamismo importa y puede marcar la diferencia. (Para) crecer dentro de ellos y hacerlos crecer.

¿Cómo se institucionaliza algo a la vez que se mantiene “en proceso”, sin cerrar, en crecimiento continuo? Creo que podemos recuperar el ejemplo de Agustín y los hechos reales en los que está basado para entenderlo, a la vez que cargamos en nuestra mochila una herramienta más: el arte de rastrear, contextualizar (e incluso generar) debates.

No voy a explicar aquí todo el universo de wordpress, el software con que trabaja nuestro inspirador desarrollador. Sólo intentaré resumir porqué nuestro personaje Agustín se mueve tan bien en él y es uno de los miembros más reputados de esa comunidad.

No es sólo porque lleve años trabajando en ella y conozca toda su historia, es que cuando propone algo nuevo lo contextualiza con esa historia para que tú, nuevo en la comunidad, entiendas qué está pasando. Así en cada nuevo giro en su trabajo está recordando los principios por los que se involucró en ello. O como diría Michael Sandel, profesor de filosofía política en Harvard, continuamente se pregunta sobre la esencia de su trabajo, dando un repaso a las distintas formas de entender esa esencia que han ido apareciendo. Y un gran regalo que nos ha hecho el software libre: no evita hablar de las cuestiones éticas y morales que implica su trabajo, pero también lo hace tranquilamente :)

Además, Agustín explica sus movimientos y sus porqués personales, para que puedas posicionarte y entender los comentarios que otros le hacen, e incluso posicionarte tú. Así, en cada nueva propuesta, gana nuevos interlocutores.

Por otro lado, Agustín es un incordio en la comunidad de desarrollo de software, siempre está diciendo lo que no está bien. Claro que lo dice y lo demuestra y propone alternativas. Así, genera un debate rico y no sólo “me gustas”. O como diría Margaret Heffernan, el mejor equipo es aquel en que unos y otros están intentando rebatirse todo el tiempo, así se comprueba la fortaleza de nuestras propuestas. De nuevo en el software libre, su gran fortaleza es tener muchísimos adeptos que estén dispuestos no sólo a probarlo y a usarlo, sino a decir todo lo que va mal. En la comunidad de wordpress no son tontos y, ante debates como los que Agustín genera, todos se reposicionan y cambian para mejor.

Por último, como dicen en mi casa Agustín “no és riu i igual va cap endavant que cap enrere”. Lo que hace unos años valía puede ya no valer con todo lo que ha cambiado en ese tiempo en el entorno y en Agustín. Lo importante es que contextualicemos esos cambios. O como diría Foucault:

Cuando la gente dice, ‘Bueno, usted pensaba esto hace unos años y ahora dice otra cosa,’ mi respuesta es… [risas] ‘Bueno, ¿crees que he trabajado duro todos estos años para decir lo mismo?’

La idea es que si somos capaces de trabajar debatiendo, como Agustín, no necesitamos cristalizar las formas de nuestras instituciones, podemos dejar que cambien con nosotros mejorando en el tiempo. ¿Podríamos pensar así también la institución de nuestro oficio?

El arte de rastrear debates

Muy bien todo, pero… y si lo que estamos es buscando qué queremos hacer. Pues aquí el debate juega un papel aún más importante. Rastrear los debates más importantes de un sector es una buena forma de evaluar si estamos haciendo lo que realmente queremos y de aprender a hacerlo responsable y coherentemente. Además nos da un abanico de modelos de conducta, herramientas y métodos de trabajo.

Estudiar un debate “en serio” no es una tarea cualquiera. Hace tiempo llegué a un análisis de Juan Urrutia sobre el debate de la guerra de Irak, allá por 2003. Un debate, siempre, tiene el objetivo de convencer. Ya sea al Consejo de Seguridad de la ONU, los usuarios y empresas de la comunidad wordpress en el ejemplo de Agustín, o el Tribunal Superior en caso del carrito de golf que Sandel explica en su charla TED. A veces, cuando rastreamos un debate para entenderlo, es a nosotros mismos a quienes queremos convencer. Juan Urrutia resume:

(La Teoría Económica) no es como la Física, no nos descubre grandes verdades sobre la realidad; pero, a pesar de ello, asienta nuestro pensamiento mediante el estudio exhaustivo de modelos o ejemplos. Si hubiese elegido otras formas de modelar los conflictos quizá habrían aparecido otras formas de resolución o quizá habríamos detectado la imposibilidad de resolverlos en ciertas condiciones.

Esto es exactamente lo que queríamos de los debates: aprender posibilidades y formas de contarlas. Me parece que es el caso del texto de Edwin Gardner que veíamos al hablar de la relación entre teoría y crítica en la arquitectura: Revising Practice. Al desplegar el debate está buscando referentes, teorías, métodos porque le gustaría trabajar en ello, ser como esos críticos o arquitectos que cita. Recreando su debate está aprendiendo de ellos y convirtiéndose en su posible interlocutor. Como decíamos con los transductores, para definir nuestro nuevo oficio buscamos entornos dinámicos donde “algo está pasando”, pero no sólo eso, buscamos que nuestro propio dinamismo importe y, por ello, al rastrear un debate Gardner no se conforma con las opciones que se presentan sino que intenta ir más allá haciendo propuestas y empezando a problematizarlas. Como Agustín.

Finalmente, me gustaría hacer referencia a un texto de Izaskun Chinchilla que es un despliegue de un debate muy intersante por su escenificación. En El origen de la arquitectura no es la cabaña primitiva plantea un juego de tenis de dobles parejas entre Laugier – Vitruvio y Magritte – Dion,  para aportar los argumentos a su propuesta de que “el origen de la arquitectura son las pequeñas acciones que el hombre ha ajercido sobre la naturaleza con un fin práctico, ético o estético.”

De su puesta en escena podemos sacar un esquema de cómo plantear un debate que podría aplicarse a todos los anteriores (el orden no es necesariamente éste):

  • qué tipo de argumentos se aceptarán
  • cómo será el orden de intervención
  • quiénes son los participantes y cuáles son los “lemas” de cada parte
  • desde dónde hablan (o escriben), cuáles son sus intereses y cómo es la información de la que disponen
  • a quién estamos intentando convencer
  • sobre qué “esencias” estamos debatiendo
  • cuáles son los grandes puntos a argumentar (que pueden agruparse en secciones como hace Chinchilla)
  • cómo los argumenta cada parte
  • cuales son las implicaciones éticas, morales e, incluso, sentimentales de lo que se debate (en el caso del golf, por ejemplo, los golfistas quieren seguir pensándose como atletas)
  • qué resultados prácticos tendría que el debate lo ganara una parte u otra
  • posibles alternativa a ambos escenarios

Hacia una teoría de la práctica, y al revés.

Edwin Gardner nos resume rápidamente en su texto Architecture left to its own devices la evolución de la relación entre teoría y práctica en la arquitectura:

Hubo un tiempo en que la práctica estaba guiada por la idea de legitimidad, como lo opuesto al pragmatismo, y actuaba según una verdad moral y no según las contradicciones de la realidad. La legitimidad de la arquitectura se representaba a través de rituales en los que las reglas sagradas de un arte antiguo se transmitían de maestro a aprendiz. La verdad profesional estaba deteminada por los gremios y después, por elaborados catálogos que contenían precedentes y reglas de estilo que funcionaban como las sagradas escirturas de la arquitectura. entonces llegó el manifiesto; la arquitectura pasó de ser legitimada por las tradiciones del arte, a ser legitimadad por nuevas ideologías. En el último siglo, estas ideologías pasaron del manifiesto de 5 puntos a la importación de -ismos como el deconstructivismo, estructuralismo y racionalismo. Estos -ismos evolucionaron desde los dominios de la filosofía post-moderna a los ideales que legitimaron la práctica y la forma arquitectónica. Los arquitectos de papel juntaron la teoría y la práctica y las metieron en galerías de arte y salas de conferencias, pero esta convergencia terminó cuando el mercado arrancó de nuevo y la construcción volvió a empezar. Entonces, la teoría se quedó en la academia mientras la práctica salía tras el dinero.

Lo que más me llama la atención es la necesidad de legitimación universal que da a entender este fragmento y que representa cómo la mayoría de arquitectos entiende su trabajo. Gardner aboga en cambio por “una teoría de la práctica” que nos permita saber “qué hacer” en nuestro trabajo diario. Una heurística (1 y 2). Que es también lo que nosotros buscamos, pero su texto no deja de lado la idea del universal.

Pero, ¿por qué la arquitectura se adhiere tan fuertemente a lo universal?

Creo que es interesante pararse un momento en la idea del universal. Podríamos rastrear sus orígenes en los orígenes de todo universal práctico: la primera mitad del S.XX que, no por casualidad, es la época en que el mundo se vuelve global. La época de las guerras, por primera vez, llamadas mundiales, la época de los derechos humanos,…

Esos años son precisamente cuando finalmente se abandonan los gremios que organizaban los artes y aparecen las profesiones. Entre ellas la de arquitecto.

alberti1hÉsta aparece, propiamente definida, en el Renacimiento y tiene, según Tim Ingold en su texto On building a house, un momento clave en el tratado de Alberti De re ædificatoria para la arquitectura moderna. En él, Alberti hace un gran esfuerzo por que se entienda que el arquitecto no es un carpintero ni un cantero. Hasta entonces se había usado la palabra arquitecto para designar al máximo responsable de una obra, de ahí la palabra: “ἀρχιτέκτων (arqui – tectón) (primero – obra), que significa literalmente el primero de la obra“.

En la época de Alberti, algunas obras tenían directores y otras no. Por ejemplo, una pequeña casa de un campesino o una silla no la tenían. Pero un palacio, una fortificación, un gran puente o una catedral, sí lo tenían. En ellas, el arquitecto era quien se encargaba de que todo saliera según lo previsto. Por eso, según los materiales que se usaran, el arquitecto sería un gran maestro cantero o carpintero que usaba dibujos para dar órdenes en la obra y pensar sus formas.

A partir del renacimiento, gracias a la mayor abundancia económica, el trabajo se divide y especializa. Todo el tratado de Alberti puede leerse como un intento de que el arquitecto deje de verse como un artesano manual y pase a entenderse como un hombre ilustrado. Un hombre de “intelecto e imaginación cultivados” que es capaz de “proyectar formas completas en su mente con ningún recurso material”. Aquí es donde el arquitecto se convierte en un diseñador (pues sus herramientas preferidas son el dibujo (disegno), la geometría, cálculo,…).

En este contexto, y a partir de entonces, el propio arquitecto se va especializando según sus distintos objetos de diseño y sus herramientas. Así aparecen ingenieros que con el cálculo diseñan puentes, diseñadores que dibujan y prototipa muebles y objetos, ingenieros industriales que organizan procesos,… y, por fin, el propio arquitecto que dibuja edificios.

Pero, después de este rodeo, aún no sabemos porqué los arquitectos son tan dados al universal. Por qué siguen necesitando teorías legitimadoras para su trabajo y no se conforman con que la gente quiera pagar por sus diseños, como cualquier diseñador de mobiliario, por ejemplo. Mi argumento es que se debe a dos razones principales derivadas de esa historia que hemos intentado trazar:

  1. Cuando se hizo “el reparto final” de los objetos de diseño el arquitecto se quedó con los edificios. En ese momento, los edificios a construir eran principalmente viviendas. Después de la destrucción de las grandes guerras había una gran escasez de vivienda que, además, se estaba definiendo como un derecho universal y cuyos proyectos masivos redefinirían desde las grandes ciudades europeas hasta cada pequeño pueblo. Hubo “ensanche” para todas las escalas. El objeto de diseño del arquitecto es el que más está definido por los estados, grandes franquicias de la universalización, cada uno dentro de sus fronteras. De hecho, donde más “teoría universal arquitectónica” se produce en esa época es en Europa. EEUU, por ejemplo, tiene una historia de la vivienda bien diferente y sus arquitectos no son tan tradicionalmente universales a pesar de lo mucho que han heredado de la tradición europea.
  2. Por otro lado, la arquitectura se queda con el término original, son los otros los que se especializan y toman otros nombres. Así que también se queda con la historia que va pegada a ella y con toda su tradición reflexiva. Esto es un handicap porque mientras los otros inventan nuevas profesiones, cambian el objeto de sus ofertas y encargos y reciben nuevas atribuciones legales y en el mercado, el arquitecto se queda reflexionando: ¿quién debería ser yo?.

La teoría como herramienta y no como marco

El rodeo que hacíamos antes también nos ha servido para otra cosa: descubrir el momento en que pasamos a entender el trabajo del diseñador como un trabajo principalmente mental.

Algo que juega en contra de la búsqueda de la heurística del oficio. Pues esta idea del diseño puede paralizarnos. Según ella: pensar, diseñar, serían cosas que uno hace en su mente, parado, mientras que la realización supone un movimiento.

Pavelló_alemany_(Barcelona)_-_29En la década pasada, sobre todo en EEUU, de nuevo según un artículo de Edwin Gardner de 2006, Revising Practice,  se generó un debate interesante en torno a la relación entre práctica y teoría. En los años en que los -ismos se adaptaron a la arquitectura, la teoría de arquitectura se entendió como un ejercicio de crítica que generaba un corpus teórico dentro del que la práctica de la arquitectura podía enmarcarse o representar. De esta forma, la teoría se separaba de la realidad, pues no operaba en ella. Y la práctica se convertía en una metáfora construida de esa teoría. El ejemplo que se debate es la obra de Mies Van der Rohe que se entiende dentro de una ideología crítica.

En ese paradigma, el arquitecto utiliza la teoría como una forma de análisis crítico de la realidad que, como ideología, enmarca y da contexto a sus obras que sí están en la realidad y se diseñan con herramientas arquitectónicas. Para ello el arquitecto debe manejar las herramientas propias de su oficio y/o, si se dedica a la crítica, también las herramientas de la sociología, filosofía, etc. Eso sino quiere ser un pseudo-todo…

Para los detractores de esta teoría crítica: “Este estatus de estar en el mundo pero resistiéndolo se consigue con la manera en que el objeto arquitectónico refleja materialmente su contexto espacial y temporal, así como en la manera en que sirve de traza de sus sistemas productivos.”

Esta no es la teoría que buscamos. Todo lo contrario, queremos una que nos permita pensar haciendo y hacer pensando. No buscamos explicaciones. Buscamos una teoría-práctica, no un marco que explique nuestros proyectos.

¿Hacia dónde vamos?

En ambos artículos referenciados, Gardner no consigue encontrar una solución para la teoría-práctica. Creo que se debe a que su discurso da demasiada importancia a la posición crítica del arquitecto ante el capitalismo, lo que le hace mantener la postura algo naïve de que cada uno de nuestras obras debe manifestar algo. Una posición más relajada a este respecto le llevaría tranquilamente a una solución, pues él mismo apunta una idea interesante: el arquitecto es también un emprendedor.

Para el que sólo queda, por fin y ante todo, la definición de sus herramientas y su campo de acción. Y ver en qué sentido la teoría es una de estas herramientas para que informa y nace de su trabajo. Ahí la tradición reflexiva que hereda la arquitectura se convierte en una oportunidad.