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Transforma tu ciudad. La historia de Christo en Atenas.

Silencio en Atenas. Christos regresaba, agotado, a su diminuta casa en un humilde barrio céntrico después de un interminable día de trabajo en la floristería. Solía, al cierre, coger una de las flores que sobraban de la venta diaria. Siempre traía una flor de Lis, porque tenía la esperanza de que las cosas cambiaran en su barrio. La peste negra azotaba con crudeza a toda Grecia. Veía todos a diario cómo los racimos de flores que con tanto esmero preparaba se destinaban a posarlos sobre los fallecidos, para así a veces tapar las horribles heridas que la lepra y otras tantas enfermedades se cebaban con los atenienses más humildes. Pero aquel día fue inusualmente activo y olvidó por completo coger su esperanza.

La situación en casa de Christos no era muy distinta. Su madre no paraba de toser. Sentía picores por todo el cuerpo, las llagas aumentaban de tamaño casi por segundo. Sabía que se iría pronto. Además lamentaba que su mamá no hubiera podido pasear siquiera un día por el barrio. Las heces humanas se extendían por las calles. Los mercaderes depositaban sus mercancías inservibles y las dejaban pudrir. Christos hervía de rabia cuando veía que a solo unos metros de su calle tenían una fosa en la que podían tirar los desechos, pero nadie lo hacía.

En la última cena de los vecinos de calle, cuya fecha ya ni recordaba, ya comentó Helena, una chica de ojos miel que encandilaba a Christos, que deberían poner freno a tanta desidia. Muchos días, cuando el calor apretaba ya no podían respirar. Entonces abrió los ojos y una terrible sensación de tristeza le inundó. Pensó ‘’de aquella cena quedamos pocos’’. Entonces agachó la cabeza y entró en casa, pensativo.

Aquel rememorandum continuó mientras sanaba las heridas de su agonizante mamá. Seguía recordando a Helena como la chica más bella de la ciudad. Solía ir a pedirle alcachofas cuando las pelaba en casa, junto a su padre. Ahora aquella casa apenas mantenía en pie su fachada y unas cuantas estanterías de piedra en su entrada. Christos demanó una lágrima que calló sobre la cama de su madre. Aquel día se fue a dormir absolutamente atormentado. Sabía que las cosas podrían cambiar. El quería que cambiaran.

Al día siguiente, Christo convocó a todos los vecinos de su calle. Utilizó como excusa el que nunca se reunían. Entre un poquito de pan y atún pescado del Egeo, comentó a sus vecinos un pequeño plan que había ideado para que los mercaderes fueran más pulcros. Limpiarían todos los rincones de la calle, decorarían sus casas con nuevas pinturas. El viejo Mitroglou, bien entrado en años, exclamó levantándose de su taburete ‘’’’nadie lo respetará, los mercaderes sólo quieren vender!!’’, y abrió la puerta y se marchó.

Gastaron horas limpiando hasta el último rincón de la calle. Decoraron los balcones con flores que trajo Christos de su floristería. Colocaron antorchas en las esquinas de ellos. Ataviaron los portales de las casas con ramos de flores. Incluso, en las parcelas donde solían atar a los burros, plantaron pequeños árboles. El viejo Mitroglou entonces comentó ‘’es la calle más bonita del Pireo’’, y entró en casa.

Los mercaderes quedaron asombrados. Algunos sintieron tal pena que colocaron sus puestos en el centro de calle, y utilizaron recipientes para tirar sus desperdicios. Al volver de la floristería, Christos oia un gran alboroto conforme se acercaba a su calle. Todos los vecinos, incluido el viejo Mitroglou le esperaban para celebrar un gran banquete. La calle, tras el mercado, había quedado impoluta. Christos miró al cielo, vio el rostro de entre las nubes Helena, y dio la gracias.

Desde que aquel grupo de vecinos realizó aquella acción, la vida de la gran urbe griega cambió por completo. Pronto otras comunidades de vecinos se hicieron eco de la hazaña, e imitaron sus movimientos. En pocos meses Atenas se convirtió en la ciudad más limpia del mundo, los árboles plantados crecieron y proporcionaban una gran paseo,  y lo más importante, la mortalidad había descendido brutalmente. Desde entonces y hasta nuestros días, aquella calle se convirtió en calle la Esperanza, y en el balconcito donde Christos lamentaba la terrible situación de su calle, hay dibujada una enorme flor de Lis.

En el mito quiero reflejar el inconsciente poder del que disponen los ciudadanos para imaginar y transformar la ciudad, siendo respetuosos con ella. Pequeñas agrupaciones vecinales que pueden transformar su calle y ser ejemplo para otras muchas. Igualmente la unión formando un bloque la población puede derrocar la codicia y la corrupción en los altos mandos de la política.

Juanmi Tórtola.