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Second Chances!

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 Trabajo desarrollado junto con Alicia Fernández que analiza los procesos de adición, sustracción y modificación en el desarrollo de la rehabilitación, como proceso reparador de lo material y lo funcional en arquitectura.

       El proceso parte de un edificio ya rehabilitado, que es sometido caprichosamente a una serie de acciones ligadas al cambio del uso y  de su apariencia formal, a las órdenes del arquitecto y profesor Iván Capdevila.  El trabajo se aísla de cualquier contexto cultural, social, y casi físico que rodea al edificio estudiado.

       Influido para siempre por Ester Gisbert y su invitación a reflexionar sobre la heurística de nuestra profesión, creo necesario evaluar  cuánto he aprendido sobre mi manera de hacer mientras hago. Esta vez, en mi cabeza dan vueltas y vueltas dos aspectos: la de los agentes en el proceso, y la de la condición de simulacro. 

Estimo conveniente distinguir, al menos, tres facetas: la del agente y lo que “él cree que hace”, la del trabajo que hace, que es autónomo y habla por sí solo, y la del espectador (formado o no) que lo evalúa todo (al agente, y al trabajo) y tiene una interpretación personal de ambos (de la impostura del agente, y del trabajo en relación a dicha impostura).

     Hacer y reflexionar sobre lo que haces al mismo tiempo implica un estado continuo de “hiperconsciencia” agotadora, aunque también una gran herramienta para dar pasos firmes, consolidados (puedes muchas veces dudar de lo que hacer, pero cuentas con certezas sobre lo que nunca debes hacer porque en algún momento anterior ya lo has certificado en el mismo procedimiento de investigación heurística).

    Planteado el simulacro estás perdido, cualquier heurística puede ir directa a la basura. Imaginen que alguien les plantea un ejercicio, que no está enfocado a crear ninguna realidad concreta (un simulacro), pero que tiene la mejor intención de mejorar las capacidades y el desarrollo de las herramientas que hacen que, en un futuro, ante una situación similar real, estén armados hasta los dientes para producir un trabajo excelente. Imaginen que, por algún motivo, ustedes hayan decidido por siempre jamás, aunque no de manera explícita, no asistir a simulacros, y que sólo están dispuestos a estrellarse en accidentes reales porque los simuladores están vacíos de cristales afilados y charcos de sangre.

     En medio de la tormenta quizá preferirán abortar el aterrizaje buscando un puerto más seguro, pero en el simulador hasta la muerte es dulce. En el simulador abortar el aterrizaje no es una opción, la única opción posible, parece ser aterrizar, cueste lo que cueste. Después de muchos accidentes, ustedes aprenderán a aterrizar en medio de la tormenta, convirtiéndose en valientes y afamados pilotos.

     Acabar vivo, eso es lo necesario, no aterrizar en medio de la tormenta. Las condiciones que llevan aparejadas los simuladores hacen a veces a uno dudar, y acaba evadiéndose de la realidad, abrazando el “todo vale” para llegar a un objetivo.  

     Luego está el instructor de vuelo (agente nada despreciable en todo este proceso) que está mirándolo todo y creando su propia idea del piloto y su manera de pilotar, ajeno a la lucha interna del pobre aprendiz contra el simulacro, la simulación y el simulador. Pero esto quizá dará para otra entrada.

    Dedicado a mi amigo y compañero Jorge Ballester Dolz.

V.

El hecho de que en la actualidad es necesario el trabajar en el marco de una comunidad que gira en torno a los mismos intereses, colaborando en grupos o sociedades en las que se busca el crecimiento mutuo de forma que el individuo aporta y recibe de vuelta impulsos para seguir produciendo ha producido el descarte del modelo clásico de profesional  en su centro de trabajo, experimentando en soledad al margen de la sociedad y de las razones por las que se mueve. Eso parece que se entiende. Por consecuencia directa, los espacios de trabajo, oficinas, talleres y estudios empiezan a organizarse de forma que valores como colectivo o grupal predominan en la escena.

Pero, ¿hasta qué punto esta identidad colectiva que se lleva gran parte del espacio del estudio beneficia o perjudica al trabajo de los individuos involucrados?

Fredy Massad y Alicia Guerrero Yeste en su artículo Espacios de concentración, publicado en su plataforma ¿btbW/Architecture, hablan de cómo se organizan el espacio diferentes personajes de la arquitectura. Por un lado trata a Yona Friendman y Atelier Bow-Wow entre otros; ejemplos de formas un tanto caóticas y flexibles de organización (el orden dentro del caos) en el que los estudios y los talleres de experimentación se convierten en un espacio híbrido en el que se desarrolla el pensar y la producción simultáneamente. Lugares en los que a pesar de tener una alta carga de grupo, disponen de la libertad de identificarse individualmente.

En el artículo describen a Friedman como un arquitecto “cuya alma es un escritorio donde lo apilado representa el momento presente”, afirmación que se puede confirmar viendo las numerosas actuaciones que produce en el interior de su apartamento. Para Atelier Bow-Wow incluso se introduce la carga de vivienda a ese espacio.

Durante una reciente conferencia de la arquitecta María José Marcos, contó como su aula_estudio de la asignatura de proyectos que imparte en Korea del norte los alumnos conviven durante las jornadas de trabajo, convirtiéndolo en su propia vivienda en esos períodos (dormían, comían, etc.).

Por otro lado tenemos a Alvar Aalto, UN Studio o SOM: oficinas de “funcionalidad racional”, eficientes o estructuradas jerárquicamente. Áreas grupales imponentes y exitosas pero que acotan el espacio dedicado a los proyectos personales.

La clave al fin y al cabo son los m2. Foster and Partners en colaboración con Steelcase han creado una nueva línea de mobiliario de oficina en la que defienden la libertad de movimiento y flexibilidad de modificación de espacio individual a colectivo y viceversa. Esto se reduce a una serie modulada que no parece ser diferente a lo que ya decía Wright en el edificio Larkin nada más entrar en el siglo XX. *

 


I.

Como hablábamos de cuentos, voy a contar uno que me es familiar para romper el hielo. Paco terminó la carrera en 1985 y encontró un buen trabajo nada más salir, aunque no de lo suyo.  Como hacía bien las cosas, se esforzaba y trataba bien a la gente, ganó buena fama. De ahí escaló a un puesto mucho mejor, que le garantizaba una gran calidad de vida, pero por problemas se buscó otra cosa. Era fácil, había puestos esperándole. El nuevo no fue tan bien, así que se replanteó sus oportunidades laborales y encontró algo de lo que estudió, en una empresa más pequeña. Allí le fue bien unos años, hasta que empezó a ir mal, porque ¡se dejó de hacer obras!¡Qué cosas! Tenía un puesto fijo, pero no podía quedarse a esperar. Y ahí estaba Paco, en sus mid-to-late 40s. Pensó que si por su cuenta se buscaba pequeños trabajos de proyecto con unos y con otros, le iría bien. En su nuevo ambiente ganó confianza, porque era bueno en sus resultados, tenía buen trato con la gente y todos quedaban satisfechos. Incluso a veces lo recomendaban para cosas que no había hecho jamás, pero siempre trataba de mejorarse y abrir sus posibilidades.

Como introducción, es larga, pero quería ejemplificar que no sólo los jóvenes somos los que evolucionamos para adaptarnos en el nuevo paradigma de la economía directa. Todos debemos buscar nuevos trabajos aún por inventar o modificar las tareas que éstos abarcaban anteriormente. Y es mucho más duro en casos de transición de un sistema a otro.

Los encargos son trabajo. Si para conseguirlo debo aprender técnicas nuevas, cambiar la forma  de abordar los problemas y moverme de forma creativa en una comunidad de personas con fines comunes a los míos, se hará. Es necesario renovarse, adaptarse continuamente. Porque las oportunidades son las que tú te creas, destacando tus habilidades de entre los demás; o propiciándolas, analizando posibilidades, buscando retos que seas capaz de solucionar desarrollándote como profesional.

Es una nueva búsqueda de trabajo de manera innovadora, apoyándonos en la experiencia y capacidades. Tengo que entender que herramientas como el portfolio y mi capacidad de interrelación con el cliente, son fundamentales en mi trabajo como arquitecta. Es lo que ven de mi, y de la misma manera que no nos comportamos igual según quien tengamos delante, debemos reelaborar nuestro trabajo y seleccionar las piezas para ser necesariamente los únicos que puedan realizar el proyecto.

Nos lo han dicho cientos de veces, no podemos reescribirnos sino mediante relaciones entre las personas que compartimos metas. Aprendiendo de los demás y al mismo tiempo enseñando lo que conocemos. Es formación añadida, en la que vamos creciendo individual y colectivamente. Y no hay más ir a la sala de trabajo de nuestra escuela para ver cómo nos ayudamos en equipos.

Es la forma natural de trabajo.