Todo empezó cuando en la historia se comenzaron a utilizar una serie de términos como acción, bróker, bolsa, financiación, hipoteca, etc. Tras ello se produjo una evolución en el argot común y se cambiaron esos términos por calidad de vida, crisis, derechos, paro, pobreza, rescate, etc. Aun así, tras ese cambio en el vocabulario colectivo hubo una palabra de la que no nos pudimos desprender, esa es la hipoteca.
Ese vocablo permaneció en nuestra cultura durante muchas generaciones; en cualquier bar del país al menos una vez al día se hablaba de ello, en la sobremesa de muchas familias, en los corros de mujeres que salían a tomar el fresco a la calle hablan de ello, y en un sinfín de localizaciones. Se quedó tan arraigado a nuestra cultura, tanto como a las familias que les afectaron.
Pero hubo un hombre de entre todos los afectados que no quiso conformarse con que la palabra hipoteca se nos quedara grabada en nuestra mente como un sinónimo de victoria de los bancos y el sistema político, sino que significara una victoria de los ciudadanos ante el sistema bancario.
Según se habla por ahí ese hombre se llamaba Alexandros Grigorópulos pero otros le apodaron el justiciero del pueblo. Le podríamos describir como solemos decir como una persona normal, era un padre de familia con dos hijas, unas gemelas de cinco años, y una mujer con la que se llevaba pocos años, ella no trabajaba había decidido dejar su trabajo de secretaria en una empresa de recambios de coche para dedicarse a cuidar de su familia. Alexandros era reportero fotográfico tenía un sueldo medio pero se sacaba un dinero extra haciendo reportajes fotográficos en bodas, bautizos y comuniones. Y como también era lo normal tenía una hipoteca para 30 años.
En el periodo del cambio de vocabulario, se produjeron una serie de revueltas ciudadanas. A estos acontecimientos acudió Alexandros para capturar los sucesos que se estaban dando en ellas y al mismo tiempo se empapó de los sentimientos que se manifestaban en esas protestas contra los bancos y el sistema político.
En uno de esas manifestaciones resulto herido en una pierna, lo cual, le hizo estar una semana de baja al no poder caminar con normalidad. Una vez recuperado de su lesión y con fuerzas de volver al trabajo, Alexandros cogió el teléfono y llamó a la agencia para que le dijeran cual era la noticia que debía de cubrir hoy, pero ese día no le dieron ningún destino, le dijeron que su baja ya la habían cubierto y no necesitaban de sus servicios, que si lo necesitaban ya lo llamarían.
Para Alexandros esto le supuso un gran pérdida ya que era la fuente principal de ingresos de la familia, con los reportajes fotográficos de bodas no le llegaba para llegar a final de mes.
Su familia comenzó a sentir rápidamente los efectos, comenzaron a retrasarse con los pagos de la luz, el agua, el gas y la hipoteca. Hasta que un día llego la carta menos deseada de su vida, era una notificación de su banco en la que se le indicaba que debía desalojar el domicilio familiar en 30 días.
Alexandros no quería llegar hasta tal punto en el abandonar su domicilio y no tener donde irse con su esposa y sus dos hijas, por lo que fue a negociar con el banco, pero le negaron un aplazamiento. Alexandros no sabía ya que hacer, hasta que comenzó a recordar los sentimientos que se manifestaban en las protestas a las que acudió como reportero. Comprendía que los bancos no podían tener el poder y que no podía perder su hogar.
Por lo que cogió todas sus pertenencias y salió fuera de su casa, cogió un bidón de gasolina que tenía en el garaje y rodeó la casa con él, una vez terminó cogió una cerilla, la encendió y la lanzó sobre el césped que contenía la gasolina. La casa comenzó a arder, se produjo una gran columna de humo que ascendía hacia el cielo y se podía ver a más de 10 km de distancia, para algunos y para el propio Alexandros era el humo de la justicia.
Tras este incidente Alexandros fue arrestado por la policía, pero este suceso repercutió a toda la ciudad lo cual llegó a los oídos de un empresario de la ciudad que les propuso pagarles un alquiler de una vivienda durante seis años y un puesto de trabajo tanto para él como para su mujer en su empresa. Alexandros se alegró de poder salvar a su familia a pesar de tener que pasar dos años y tres meses en la cárcel tras haber prendido fuego a su casa pero que en realidad era propiedad del banco, pero aun así se alegraba porque sabía que tras esa temporada en prisión a la salida de ella tendría un trabajo y el apoyo de toda su familia.